sábado, 24 de noviembre de 2012

De la música


            Hace días, el jueves 22 (de noviembre), Día del músico, escribí un estado en mi facebook personal que decía: “Feliz día del músico a TODOS, porque no solo es músico el que toca un instrumento o canta, sino también el que apoya a los músicos, escucha y corea las canciones, que las toca con guitarra, bajo, batería y teclados de aire y se tripea la vaina con el alma, porque la música se lleva no en la sangre, sino en el alma.”.

            Era lo que estaba pensando en ese momento, me pareció una idea bastante… “tierna” si se quiere, así que busqué darle forma y la escribí lo más acomodada y bonita que pude. Para mi sorpresa, gustó, obtuvo más de 60 likes. No escribí nada más que eso para el Día del músico, y en lo personal, habría querido tener algo más que decir para esa ocasión; pues, como varios saben, yo soy músico, pero me ocurrió como esas situaciones en que no sabes qué decir, y luego se te ocurren ideas geniales luego de que ya todo pasó.



Dedicado con mucho cariño a todos mis amigos músico, así como a todos aquellos que saben apreciar la buena música.



        Es una cita fija, diaria, a toda hora con los auriculares, cualquier altavoz o equipo de sonido, o cualquier artefacto con que pueda escuchar música; ya sea en el carro, en el trabajo, en mi casa, en la casa de algún conocido, en el centro comercial, en el banco, en un restaurante, definitivamente, en cualquier lugar. Un día sin música, es para mí un día vacío, sin color, sin sentido, aburrido.

Puedo presumir, que a diferencia de mucha gente (en especial la mayoría de mis contemporáneos y generaciones posteriores), son raras las veces que sufro de aburrimiento, y no es porque tenga mil cosas que me entretengan, pues, no soy gamer, no suelo ir a fiestas, me cuesta seguir una serie por televisión y me aburre buscar links para descargarlas (así que veo series en dvd, por lo general), no soy aficionado a la tecnología o las computadoras, por lo que mi iPod no tiene juegos precisamente “divertidos”, que si un sudoku o algún juego del tipo puzzle. Por lo general paso el tiempo leyendo, quizás escribiendo, pero siempre, SIEMPRE escuchando música. Inclusive para dormir, necesito escuchar música, pues, la mayoría de las veces en que me duermo sin escuchar música tengo pesadillas. Y si no estoy realizando alguna actividad en la que no pueda escuchar música, como por ejemplo en clases, tengo mil y un canciones sonando en mi cabeza, como si fuera alguna especie de esquizofrénico pero en vez de escuchar voces, escucho música.

Ocurre que por parte de mamá soy hijo único (además también de ser el único nieto de mi abuela, porque mi mamá también es hija única por parte de mamá), mis hermanas (que son por parte de padre) no vinieron a nacer sino cuando ya yo estaba algo grandecito, y siempre vivieron en la casa de su mamá en un pueblo que queda lejos de la ciudad en la que he vivido toda mi vida. Entonces, desde niño me crié de una manera bastante solitaria, muy poco me acercaba a jugar con mis primos, muy poco salía a jugar con mis vecinos de la cuadra, solía tener pocos amigos en la escuela.

Curiosamente, esto nunca fue un detalle que me traumatizara, que me hiciera llorar, me entristeciera, ni nada por el estilo, ya que –aunque suene contradictorio- a pesar de ser introvertido en mi infancia, siempre tuve una facilidad como innata para las relaciones humanas, por lo que acercarme a una persona y hablarle nunca me resultó un problema. En la escuela era chico de tener un solo compinche, y no de andar en grupos numerosos. Sin embargo, eso era lo que ocurría en la escuela solamente, tenía un único compinche, mientras que cuando estaba de vuelta en casa, pasaba por lo general el día en mi cuarto; pero no solo, siempre tenía una compañía, que estaba conmigo de principio a fin, mientras jugaba, mientras comía, mientras hacía la tarea, menos cuando salía a jugar en la calle (que era poco común). Esa  acompañante era la música.

La música ha sido, es y será siempre mi eterna compañera, mi amante, mi amiga, mi vida. Desde el vientre, ya mi madre solía colocarme canciones de Alí Primera, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Soledad Bravo, Mercedes Sosa. Mi papá, quién era cuatrista y cantante, me cantaba cualquier infinidad de canciones de Teo Galindes, Reinaldo Armas, Luis Silva, Simón Días, entre muchos otros de la música nacional, desde el vientre, como también en mi proceso normal de crecimiento. Y mi abuela luego, con su magnífica colección de discos de música clásica (que ahora me pertenece), que se divertía viéndome cuando yo tomaba un cucharón, colocaba algún disco de Beethoven, Strauss, Vivaldi, Tchaikovski, Liszt, Bach, y jugaba a que dirigía una orquesta. Ni hablar de cuando veía caricaturas con un elevado y selecto contenido musical tales como las de la Warner Bros, que suelen utilizar composiciones de grandes clásicos de la música de cámara, o Tom & Jerry, donde siempre pude apreciar uno de los más meticulosos y trabajados jazz que he escuchado nunca. Ni hablar de las películas musicales de Disney que veía muy seguidas en mi infancia porque las tenía para vhs, tales como Los Aristogatos, La Espada en la Piedra, Dumbo, Bambi. Así como también los openings de muchas caricaturas que veía por televisión.

Como niño fue normal que por lo general escuchara lo que estaba de moda y me llamara la atención, porque a todos les gustara, sin embargo, no siempre me ocurrió eso. Recuerdo una ocasión, cuando tenía 9 años, que los Backstreet Boys estaban en pleno apogeo, y mi abuela me regalaba sus discos, yo los escuchaba, me gustaban mucho, pero por otra parte a mi mamá no le gustaban tanto, ya que cantaban en ingles y a ella le gusta escuchar algo que pueda entender; por lo que siempre con mi mamá escuchaba otros discos; para aquel tiempo, recuerdo, compró un disco de Pablo Milanés con Víctor Manuel en vivo, llamado “En Blanco y Negro”, disco que en lo personal me gusta muchísimo. En esos días anuncian por televisión la venida de los Backstreet Boys para Venezuela, a la vez que un concierto de Pablo Milanés junto a Soledad Bravo; ambas noticias increíbles para mi, pero a pesar de todo yo sabía que era un niño y que era imposible que pudiera ir a alguno de esos conciertos. En esos días tuve la oportunidad de visitar Caracas junto con mi abuela, que era un gran deseo que yo tenía, el de conocer la capital. Un día reunidos todos en la sala del apartamento de la tía que nos recibió, sale a colación el tema de la venida de los Backstreet Boys y de Pablo Milanés con Soledad Bravo, en ese momento mi tía como esperando prever la respuesta de un niño que gusta de los sonidos de la moda, me pregunta:

-         Leito, ¿a qué concierto te gustaría ir?, ¿al de Backstreet Boys o al de Pablo Milanés?
-         Bueno, me gustan mucho los Backstreet Boys, pero si pudiera ir a alguno de los conciertos, ni loco me pierdo el de Pablo Milanés, y que cante “Yolanda”, “Para Vivir”, y todas las de “En Blanco y Negro” –respondí sin dudar un segundo.

La sorpresa de mi tía, por supuesto, no pudo ser mayor, no esperaba que un niño de 9 años prefiriera ver a dos representantes de la música de trova, antes que a las más grandes imágenes juveniles del momento. Luego, de regreso, nos enteramos que Pablo Milanés y Soledad Bravo harían una presentación en Puerto la Cruz (a dos horas de mi ciudad) entrada libre, se daría justamente el día de cumpleaños de mi mamá; por lo que mi papá no desaprovechó la oportunidad de organizar el viaje para llevar a mi mamá como regalo de cumpleaños, con toda la familia. Con orgullo puedo decir que fue el primer concierto al que asistí, no me sabía la mitad de las canciones, y aún así las disfruté como si las hubiera escuchado toda mi vida, cada nota, cada verso, cada cambio.

Muchas veces considero que en mi vida no existe el tiempo, solo existe música, no contabilizo el tiempo en segundos, minutos u horas, sino en canciones, jaja, y sé que muchos de mis amigos también, nos trasladamos de un lugar a otro con los audífonos puestos escuchando nuestras canciones favoritas y cuando llegamos a un lugar decimos algo así como “Me tardé dos canciones de Queen”, o si vamos a otra ciudad que queda a varias horas, comenzamos a cuadrar que discos y que canciones vamos a poner durante el viaje.

Así también mis épocas no se rigen por el tiempo, sino por artistas, grupos, autores y canciones. Cuando viene el recuerdo de alguna época pienso no tanto en el año o la edad, como en la música que escuchaba, en los intérpretes y artistas que más me inspiraban en ese momento. Así como nos ocurre a todos, el recuerdo por asociación, escuchamos una canción y esta nos transporta inmediatamente a la época en la que más la escuchábamos, o lo que estamos escuchando con más pasión y decisión en un momento dado, y sabemos, con certeza que en el futuro cuando volvamos a escuchar esas canciones, reviviremos esos tiempos.

La música traspasa el arte, rompe con los paradigmas de la filosofía y la ciencia, destroza las barreras de la historia y el tiempo, acaba con las fronteras de las ideas y el pensamiento; en todo hay música, porque todo es música; incluso en el silencio. Es la expresión diáfana de la vida y de todos los misterios del universo, del alma, de la luz increada, de lo que existe y no existe, donde está todo y a la vez no hay nada. Cada paso de la danza, cada pincelada de la pintura, cada expresión de la actuación, cada palabra de la escritura, cada golpe del cincel en la escultura, produce el sonido de un alma inspirada que desea expresarse, elevarse y despertar. Del mismo modo que el música inspira a los pasos de cada baile, nota a nota va dibujando una canción, mientras que la melodía es capaz de recrear un drama teatral con meticulosidad literaria, aunque el tema sea instrumental, pues, puede esculpir algo más que una imagen, es capaz de esculpir un sentimiento, una sensación, un mensaje, a la vez que dar esperanza y determinación al oyente inspirado, quien consigue un aliento de vida en cada compás, como también color y le eriza la piel.





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