Hace días, el jueves 22 (de
noviembre), Día del músico, escribí
un estado en mi facebook personal que decía: “Feliz día del músico a TODOS, porque no solo es músico el que toca un
instrumento o canta, sino también el que apoya a los músicos, escucha y corea
las canciones, que las toca con guitarra, bajo, batería y teclados de aire y se
tripea la vaina con el alma, porque la música se lleva no en la sangre, sino en
el alma.”.
Era lo que estaba
pensando en ese momento, me pareció una idea bastante… “tierna” si se quiere,
así que busqué darle forma y la escribí lo más acomodada y bonita que pude.
Para mi sorpresa, gustó, obtuvo más de 60 likes. No escribí nada más que eso
para el Día del músico, y en lo
personal, habría querido tener algo más que decir para esa ocasión; pues, como
varios saben, yo soy músico, pero me ocurrió como esas situaciones en que no
sabes qué decir, y luego se te ocurren ideas geniales luego de que ya todo
pasó.
Dedicado con mucho cariño a todos mis amigos músico, así como a todos
aquellos que saben apreciar la buena música.
Es una cita
fija, diaria, a toda hora con los auriculares, cualquier altavoz o equipo de
sonido, o cualquier artefacto con que pueda escuchar música; ya sea en el
carro, en el trabajo, en mi casa, en la casa de algún conocido, en el centro
comercial, en el banco, en un restaurante, definitivamente, en cualquier lugar.
Un día sin música, es para mí un día vacío, sin color, sin sentido, aburrido.
Puedo presumir, que a diferencia de mucha gente (en especial la mayoría de
mis contemporáneos y generaciones posteriores), son raras las veces que sufro
de aburrimiento, y no es porque tenga mil cosas que me entretengan, pues, no
soy gamer, no suelo ir a fiestas, me cuesta seguir una serie por televisión y
me aburre buscar links para descargarlas (así que veo series en dvd, por lo
general), no soy aficionado a la tecnología o las computadoras, por lo que mi
iPod no tiene juegos precisamente “divertidos”, que si un sudoku o algún juego del tipo puzzle.
Por lo general paso el tiempo leyendo, quizás escribiendo, pero siempre,
SIEMPRE escuchando música. Inclusive para dormir, necesito escuchar música,
pues, la mayoría de las veces en que me duermo sin escuchar música tengo
pesadillas. Y si no estoy realizando alguna actividad en la que no pueda
escuchar música, como por ejemplo en clases, tengo mil y un canciones sonando
en mi cabeza, como si fuera alguna especie de esquizofrénico pero en vez de
escuchar voces, escucho música.
Ocurre que por parte de mamá soy hijo único (además también de ser el único
nieto de mi abuela, porque mi mamá también es hija única por parte de mamá),
mis hermanas (que son por parte de padre) no vinieron a nacer sino cuando ya yo
estaba algo grandecito, y siempre vivieron en la casa de su mamá en un pueblo que
queda lejos de la ciudad en la que he vivido toda mi vida. Entonces, desde niño
me crié de una manera bastante solitaria, muy poco me acercaba a jugar con mis
primos, muy poco salía a jugar con mis vecinos de la cuadra, solía tener pocos
amigos en la escuela.
Curiosamente, esto nunca fue un detalle que me traumatizara, que me hiciera
llorar, me entristeciera, ni nada por el estilo, ya que –aunque suene
contradictorio- a pesar de ser introvertido en mi infancia, siempre tuve una
facilidad como innata para las relaciones humanas, por lo que acercarme a una
persona y hablarle nunca me resultó un problema. En la escuela era chico de
tener un solo compinche, y no de andar en grupos numerosos. Sin embargo, eso
era lo que ocurría en la escuela solamente, tenía un único compinche, mientras
que cuando estaba de vuelta en casa, pasaba por lo general el día en mi cuarto;
pero no solo, siempre tenía una compañía, que estaba conmigo de principio a
fin, mientras jugaba, mientras comía, mientras hacía la tarea, menos cuando
salía a jugar en la calle (que era poco común). Esa acompañante era la música.
La música ha sido, es y será siempre mi eterna compañera, mi amante, mi
amiga, mi vida. Desde el vientre, ya mi madre solía colocarme canciones de Alí
Primera, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Soledad Bravo, Mercedes Sosa. Mi papá,
quién era cuatrista y cantante, me cantaba cualquier infinidad de canciones de
Teo Galindes, Reinaldo Armas, Luis Silva, Simón Días, entre muchos otros de la
música nacional, desde el vientre, como también en mi proceso normal de
crecimiento. Y mi abuela luego, con su magnífica colección de discos de música
clásica (que ahora me pertenece), que se divertía viéndome cuando yo tomaba un
cucharón, colocaba algún disco de Beethoven, Strauss, Vivaldi, Tchaikovski,
Liszt, Bach, y jugaba a que dirigía una orquesta. Ni hablar de cuando veía
caricaturas con un elevado y selecto contenido musical tales como las de la
Warner Bros, que suelen utilizar composiciones de grandes clásicos de la música
de cámara, o Tom & Jerry, donde
siempre pude apreciar uno de los más meticulosos y trabajados jazz que he
escuchado nunca. Ni hablar de las películas musicales de Disney que veía muy
seguidas en mi infancia porque las tenía para vhs, tales como Los Aristogatos, La Espada en la Piedra, Dumbo,
Bambi. Así como también los openings
de muchas caricaturas que veía por televisión.
Como niño fue normal que por lo general escuchara lo que estaba de moda y
me llamara la atención, porque a todos les gustara, sin embargo, no siempre me
ocurrió eso. Recuerdo una ocasión, cuando tenía 9 años, que los Backstreet Boys estaban en pleno apogeo,
y mi abuela me regalaba sus discos, yo los escuchaba, me gustaban mucho, pero por
otra parte a mi mamá no le gustaban tanto, ya que cantaban en ingles y a ella
le gusta escuchar algo que pueda entender; por lo que siempre con mi mamá
escuchaba otros discos; para aquel tiempo, recuerdo, compró un disco de Pablo
Milanés con Víctor Manuel en vivo, llamado “En Blanco y Negro”, disco que en lo personal me gusta muchísimo. En
esos días anuncian por televisión la venida de los Backstreet Boys para Venezuela, a la vez que un concierto de Pablo
Milanés junto a Soledad Bravo; ambas noticias increíbles para mi, pero a pesar
de todo yo sabía que era un niño y que era imposible que pudiera ir a alguno de
esos conciertos. En esos días tuve la oportunidad de visitar Caracas junto con
mi abuela, que era un gran deseo que yo tenía, el de conocer la capital. Un día
reunidos todos en la sala del apartamento de la tía que nos recibió, sale a
colación el tema de la venida de los Backstreet
Boys y de Pablo Milanés con Soledad Bravo, en ese momento mi tía como
esperando prever la respuesta de un niño que gusta de los sonidos de la moda,
me pregunta:
-
Leito, ¿a qué concierto te
gustaría ir?, ¿al de Backstreet Boys o
al de Pablo Milanés?
-
Bueno, me gustan mucho los Backstreet Boys, pero si pudiera ir a
alguno de los conciertos, ni loco me pierdo el de Pablo Milanés, y que cante “Yolanda”,
“Para Vivir”, y todas las de “En Blanco y Negro” –respondí sin dudar un
segundo.
La sorpresa de mi tía, por supuesto, no pudo ser mayor, no esperaba que un
niño de 9 años prefiriera ver a dos representantes de la música de trova, antes
que a las más grandes imágenes juveniles del momento. Luego, de regreso, nos
enteramos que Pablo Milanés y Soledad Bravo harían una presentación en Puerto
la Cruz (a dos horas de mi ciudad) entrada libre, se daría justamente el día de
cumpleaños de mi mamá; por lo que mi papá no desaprovechó la oportunidad de
organizar el viaje para llevar a mi mamá como regalo de cumpleaños, con toda la
familia. Con orgullo puedo decir que fue el primer concierto al que asistí, no
me sabía la mitad de las canciones, y aún así las disfruté como si las hubiera
escuchado toda mi vida, cada nota, cada verso, cada cambio.
Muchas veces considero que en mi vida no existe el tiempo, solo existe
música, no contabilizo el tiempo en segundos, minutos u horas, sino en
canciones, jaja, y sé que muchos de mis amigos también, nos trasladamos de un
lugar a otro con los audífonos puestos escuchando nuestras canciones favoritas
y cuando llegamos a un lugar decimos algo así como “Me tardé dos canciones de Queen”, o si vamos a otra ciudad que
queda a varias horas, comenzamos a cuadrar que discos y que canciones vamos a
poner durante el viaje.
Así también mis épocas no se rigen por el tiempo, sino por artistas,
grupos, autores y canciones. Cuando viene el recuerdo de alguna época pienso no
tanto en el año o la edad, como en la música que escuchaba, en los intérpretes
y artistas que más me inspiraban en ese momento. Así como nos ocurre a todos,
el recuerdo por asociación, escuchamos una canción y esta nos transporta
inmediatamente a la época en la que más la escuchábamos, o lo que estamos
escuchando con más pasión y decisión en un momento dado, y sabemos, con certeza
que en el futuro cuando volvamos a escuchar esas canciones, reviviremos esos
tiempos.
La música traspasa el arte, rompe con los
paradigmas de la filosofía y la ciencia, destroza las barreras de la historia y
el tiempo, acaba con las fronteras de las ideas y el pensamiento; en todo hay
música, porque todo es música; incluso en el silencio. Es la expresión diáfana
de la vida y de todos los misterios del universo, del alma, de la luz increada,
de lo que existe y no existe, donde está todo y a la vez no hay nada. Cada paso
de la danza, cada pincelada de la pintura, cada expresión de la actuación, cada
palabra de la escritura, cada golpe del cincel en la escultura, produce el
sonido de un alma inspirada que desea expresarse, elevarse y despertar. Del
mismo modo que el música inspira a los pasos de cada baile, nota a nota va
dibujando una canción, mientras que la melodía es capaz de recrear un drama
teatral con meticulosidad literaria, aunque el tema sea instrumental, pues,
puede esculpir algo más que una imagen, es capaz de esculpir un sentimiento,
una sensación, un mensaje, a la vez que dar esperanza y determinación al oyente
inspirado, quien consigue un aliento de vida en cada compás, como también color
y le eriza la piel.

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