jueves, 25 de septiembre de 2014

Cotidiano


Cada vez más tengo esa necia maña (y no es que hayan mañas que no sean necias) de reactivar el blog, decirme que voy a ser constante en las publicaciones y resulta que luego de unas publicaciones dejo de subir posts, tal vez porque se me dificultó redactar algo porque estoy ocupado en otras cosas, el trabajo, los estudios, tal vez muchas cosas, tal vez nada realmente. La cosa es que siempre a mediados o un poco después de la mitad del año siempre me da por reactivar el blog y publico algunas cosas, ocurrió en 2011, 2012, 2013 y este año no será la excepción. Aunque, en lo personal, puedo decir que es un tanto gratificante, casi hasta me sirve de ejercicio, ya que me da por releer mis antiguos escritos y noto errores literarios ya sean gramaticales o morfológicos, entre otras cosas y también noto cómo ya no estoy de acuerdo con algunas ideas que tenía en esos momentos y me es grato sorprenderme de ideas que tenía antes y que ahora no recordaba, y no me imagino cuántas ideas no habré perdido en el camino sólo por no haberlas escrito.
     Sin embargo aquí estamos y trato de reactivarme, no sin sentir cierta nostalgia al echar la vista hacia el pasado y notar las diferencias que ha marcado el tiempo, no sólo en mí, sino en mi entorno en general. Bueno, digo yo que las cosas han cambiado, tal vez sólo ha cambiado mi percepción del mundo y por eso miro las cosas de manera distinta, mientras que estas permanecen impertérritas y totalmente indiferentes al tiempo y el espacio.



     "Cotidiano" es el título de esta nueva entrada y también de un escrito que hice un día en que me puse a filosofar al respecto, y ahora que leo a Hermann Hesse me pareció interesante combinar el asunto de la cotidianidad con los genios. Hermann Hesse en su primer libro, Bajo las ruedas, esgrime un hermoso párrafo en relación a los genios haciendo a su vez una crítica al sistema educativo que dice lo siguiente: 

"Nada asusta tanto a los profesores como los fenómenos que surgen en el carácter de chicos desarrollados precozmente durante los años, de por sí peligrosos, de la adolescencia. Desde un principio les había resultado inquietante un cierto rasgo genial en el carácter de Heilner. Desde tiempos remotos se ha venido consolidando un profundo abismo entre el gremio de profesores y el genio. Cualquier atisbo de éste que aparezca en un colegio les resulta a los profesores de antemano odioso. Para ellos los geniales son esos chicos traviesos que les faltan al respeto, que empiezan a fumar a los catorce años, se enamoran con quince, van a las tabernas con dieciséis, leen libros prohibidos, escriben redacciones insolentes, miran de vez en cuando al profesor con sorna y acaban en el libro de clase como rebeldes y candidatos a un arresto. Un maestro de escuela prefiere unos cuantos burros en su clase a un solo chico genial. Y en el fondo tiene razón, porque su deber no es formar espíritus extravagantes, sino buenos latinistas, matemáticos y hombres de provecho. La cuestión sobre quién de los dos sufre más y peores cosas del otro, si el profesor o el alumno, cuál de los dos es más tirano y más verdugo y cuál de ellos estropea y envilece partes enteras de su alma y su vida no se puede analizar sin pensar con ira y vergüenza en la propia juventud. Pero éste no es nuestro asunto, y tenemos el consuelo de que las heridas cicatrizan en los verdaderamente geniales que se convierten en hombres y crean sus grandes obras a pesar del colegio. Más tarde, cuando ya están muertos y rodeados del agradable nimbo de la lejanía, son presentados por los maestros a las nuevas generaciones como seres magníficos  y ejemplares. Así se repite, de colegio en colegio, el espectáculo de la lucha entre sistema y espíritu. Una y otra vez vemos al Estado y al sistema educativo empeñados con saña en arrancar ya de raíz los pocos espíritus profundos y valiosos que aparecen cada año. Y siempre suelen ser estos muchachos odiados por los profesores, castigados, escapados y expulsados los que enriquecen el tesoro de nuestro pueblo. Sin embargo, algunos —¿y quién sabe cuántos?— se consumen en una rebeldía silenciosa y acaban sucumbiendo."

     A veces lo pienso y creo que es imposible decirle a Hesse «¡Hey!, agrégale esto» porque ya él lo dice todo; pero luego de leer ese párrafo volví a pensar en el tema de lo cotidiano —del cuál mucha gente se vale para hacer un discurso de autoayuda digno de cualquier edición de La culpa es de la vaca, una fórmula Coelhiana de hazlo tú mismo, sea feliz que hoy es un día especial, etcétera— y me di cuenta de que, después de todo, la cotidianidad no es más que una simple ilusión, realmente no existe; simplemente ocurre que el hombre se acostumbra a un modus operandi de su día a día, sin llegar a notar realmente la transcendencia de ello, así que para romper con la costumbre en algún punto de su vida, tal vez para darle respiro a su espíritu, a su alma o lo que sea, se inventa una actividad supuestamente extraordinaria para hacer algo nuevo, tal vez en vacaciones, tal vez en algún fin de semana libre. Entonces prepara una salida de tragos con los amigos (o las amigas), un viaje largo a otra ciudad, inclusive una salida al cine, quizás algunos sean más extremos y necesitan vivir la vida al límite y se lanzan en paracaídas o juegan a la ruleta rusa, quién sabe.
     Pero, ¿realmente vivimos la cotidianidad?, ¿cómo podemos sentir, realmente, la cotidianidad?,  si segundo tras segundo vivimos el presente, independientemente de que nuestra mente esté puesta en el ayer o en el mañana, y de cierta forma sentimos que nuestra vida, en el momento exacto en que la vivimos —el presente—, está en su momento definitivo, su momento cumbre, tope, y lo podemos confirmar mirando viejas fotos donde pensamos «mira cómo me vestía en ese entonces, qué loco», «wow, no estaba tan gordo como pensaba, ahorita estoy más», «en ese momento tenía esas ideas necias, qué tonto», pero si transportamos nuestro ser y nuestra conciencia a esa época, nos damos cuenta de que creíamos estar en nuestro momento y decimos, «pero nah, mi momento es este» y pasarán 10 años y la sensación seguirá siendo la misma. Inclusive, sentimos que podríamos viajar al pasado, hablar con nuestro antiguo yo para explicarle algunas cosas y evitar ciertos errores. Es también en ese ejercicio retrospectivo en que mucha gente se da cuenta que vivió varios días seguidos sin mayor novedad, sin mayores sorpresas, sin alguna anécdota digna de recuerdo, entonces sin mortificarse ni horrorizarse acepta que simplemente es un asunto de la cotidianidad, de lo que se repite día a día, con la ausencia de la sorpresa, cosa que nos hace posible, incluso, olvidar días enteros de nuestras vida.
     Y es así lo cotidiano, la capacidad de predecir cada evento, cada suceso, la ausencia de una sorpresa y en definitiva bajan las expectativas y aumentan las exigencias que tenemos de ser sorprendidos los que hacen que la ruptura de la cotidianidad nos parezca un suceso extraordinario. Pero puedo decir, también, que la cotidianidad son un conjunto de sorpresas que ya no nos sorprenden, lo podemos mirar de esta manera, un truco de magia no nos sorprendería si lo viéramos todos los días y a cada momento, aunque no conozcamos el mecanismo de dicho truco, llegará un momento en que dejará de parecernos tan fantástico y extraordinario de tanto verlo. Vemos a un perro hacer un truco y nos parece sorprendente hasta que vemos al mismo perro hacer el mismo truco todos los días, pero al nuevo observante no dejará de parecerle sorprendente. 
     Recuerdo esa idea que me transmitiera un viejo conocido que decía que los milagros son milagros aunque sean vuelvan cotidianos y no por cotidiano que sea vuelva un milagro este dejará de ser lo que es, simplemente que nuestro corazón es de piedra, nos acostumbraremos al milagro y ya dejará de maravillarnos.
     Pero es aquí en donde los genios entran en juego, ya que los ellos simplemente se olvidan del asunto de la cotidianidad, la sorpresa les sorprende pero la ausencia de sorpresa los puede sorprender aún más. Es cotidiano que llueva, es cotidiano que la luna esté en el cielo, es cotidiano que las flores crezcan, que el pasto se seque o reverdezca, que los animales salvajes corran en su hábitat, es cotidiano que la naturaleza sea natural, pero no por cotidiano todo esto deja de ser la musa de muchos genios de las letras, de la pintura, de la música, de la escultura y del arte en general. Es cotidiano que la vida responda a las leyes de la física, pero no por cotidiano deja de sorprender a los científicos y se sienten invitados a seguir investigando e intentando encontrar respuestas y explicaciones. Es cotidiana la presencia de Dios en la vida de un creyente y no por cotidiano a este deja de parecerle grande y maravilloso. Es cotidiana la existencia y no por cotidiana deja de intrigar a los filósofos. Y los ejemplos se pueden extender ad infinitum.
     ¿Realmente existe la cotidianidad?, yo pienso que la sorpresa siempre está al asecho y la cotidianidad se rompe totalmente cuando sientes que cualquier cosa puede pasar en cualquier momento y lo más interesante del caso, es que no hay momento en que dejen de pasar cosas pero que por necia costumbre dejamos de contemplar y dejan de sorprendernos porque ya es cotidiano. Ya no nos llaman la atención las hormigas, ya no nos emociona jugar con tierra, ya no nos impresiona un atardecer, ya el fuego no es una novedad, mucho menos la sal, la luz eléctrica, ni la tecnología más avanzada llega realmente a sorprendernos, sólo impresiona un poco... Y ya para finalizar, les dejaré lo que escribí hace algún tiempo bajo ese título:


Cotidiano
Por: Matías Pisac

            Tal día como hoy, hace unos años, falleció mi papá. No es que hoy se cumpla otro aniversario de su muerte, sino que ese día fue como el de hoy: Inesperadamente cotidiano. Demasiado para mi gusto, diría yo.
No me cortaré las venas en un par de versos, porque, de verdad, la situación no amerita que me desangre en palabras. Pero no deja de parecerme preocupante que este día haya sido más cotidiano que cualquier otro, ya ves que la gente a tu alrededor actúa más normal que de costumbre cuando te quieren sorprender con algo, ¿con qué me sorprenderá la vida hoy?, ¿volveré a morir?, ¿naceré tal vez?

Insoportablemente predecible,
el sol brilla demasiado,
llueven las nubes que se posan,
cantan las aves en el árbol.

Insoportablemente cotidiano
que aún no sigas a mi lado,
a veces veo que sonríe la muerte
y a veces lo hace de este lado.

Inesperadamente predecible
cada paso que voy dando,
mientras más me acerco a la cornisa,
porque creo que estoy soñando.

Inesperadamente cotidiano
comúnmente extraño
insoportablemente predecible
desesperadamente…


(Jajaja, eso fue inesperado)

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