En literatura, solemos dar veredicto de un libro por dos de los elementos principales que se desarrollan en este, que son la historia y el final; en el primero observamos cómo se desarrollan los personajes, así como la personalidad de los mismos y el nudo en el que se ven atrapados, y en el final es donde se observa el desenlace y el cierre, los cuales tratan de explicar y no dejar cabos sueltos en toda la trama que se desarrolla en la historia, aunque no se puede negar que esto es simplemente teoría y que en muchas ocasiones nos topamos con finales muy decepcionantes y que destruyen todas las expectativas creadas por la historia.
Sin embargo, muchas personas no se dan cuenta, ni tienen idea de lo importante y lo crucial que es para una historia el comienzo de la misma, y es que el comienzo de un libro puede marcar la pauta entre si leerlo o no, pues es el inicio lo que nos atrapa en la historia, y que nos adentra en un mundo creado e ideado por el autor. Dice Horacio Quiroga en El manual del perfecto cuentista: «'Todo es comenzar': nada más cierto; pero hay que hacerlo. Para comenzar se necesita, en el noventa y nueve por ciento de los casos, saber adónde se va. 'La primera linea de un cuento –se ha dicho– debe estar escrita con miras al final'».
Por eso en esta ocasión, quiero ofrecerles un pequeño compilado de los comienzos de distintas obras literaria, y que espero sean de su completo agrado.
Don Quijote de la Mancha, es sin duda alguna el título literario más importante de todos los tiempos, así como el más traducido y vendido, y que posee, por supuesto, un característico comienzo que a traspasado a las barreras del tiempo y las generaciones, colándose de alguna manera, en el imaginario colectivo de los amantes de la literatura, en especial, en el mundo de habla hispana:
«En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.» El ingenioso hidalgo de Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes.
Con una cierta suerte de influencia del Quijote, hay dos comienzos de la literatura clásica inglesa que dicen así:
«Una ciudad cuyo nombre no creo conveniente citar aquí, y a la cual no me parece oportuno dar un título imaginario, cuenta entre los monumentos que la enorgullecen uno que es común a la mayor parte de las ciudades: el hospicio o asilo. Cierto día, cuya fecha no es necesario recordar, tanto más cuanto que ninguna importancia tiene para el lector, nació en dicho establecimiento el pobre mortal que figura como protagonista de nuestra historia.» Oliver Twist, Charles Dickens.
«El hidalgo de mi pueblo, el doctor Livesey y otros varios caballeros amigos míos me han rogado que escribiese minuciosamente todo lo que nos ocurrió con la isla del tesoro, desde el principio hasta el fin, sin omitir más detalle que la situación geográfica de la isla, porque todavía dejamos en ella una parte del botín escondido.» La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson.
Pero tampoco puede faltar un inicio tan antiguo como la literatura misma, y que al menos quienes prestamos un poco de atención en las clases de literatura del liceo, nos sonará un poco familiar al menos las primeras palabras de una de las historias más épicas jamás escrita... o cantada:
«Canta, diosa, la cólera de Aquiles Pelida, que a los hombres de Acaya causó innumerables desgracias y dio al Hades las almas de muchos intrépidos héroes cuyos cuerpos sirvieron de presa a los perros y pájaros de los cielos; que así los designios de Zeus se cumplieron desde que separáronse un día, tras una disputa, el Atrida, señor de los hombres, y Aquiles divino.» La Iliada, Homero.
Hay comienzos que son dignos de ser no solo alabados por la maestría y la gracia con la que sus autores han sido capaces de recrearlos, sino hacerles tributos en todos los ámbitos artísticos posibles; con una suerte de lírica poética así como de prosa poética:
«Cierta noche aciaga, cuando con la mente cansada meditaba sobre varios libros de sabiduría ancestral, y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido, como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.» El cuervo, Edgar Allan Poe.
De la misma forma, existen comienzos que simplemente no puede ser otra cosa más que la obra de un genio de las letras, enigmáticos, que tan simple como que debes leer el libro entero, porque sino, su inicio te perseguirá por siempre deseando saber qué es lo que ocurre en ese universo paralelo, he allí la esencia intrínseca del realismo mágico:
«Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo." Cien años de soledad, Gabriel García Márquez.
El arte de la literatura no es precisamente fácil, a pesar de que sus funciones principales sean dos, leer y escribir; pero es mucho lo que se tiene leer para poder escribir decentemente, pero es más lo que se tiene que escribir para que la escritura misma se convierta en un arte, y por esto, muchas veces suele ocurrir, que para poder disfrutar de un buen libro, es necesario poseer un léxico y un vocabulario amplios; pero hay autores que logran ir más allá de esto, lograr desarrollar una historia compleja pero de una manera sorprendentemente sencilla y es de esta forma como muchas veces el comienzo de una historia dice mucho más de lo que las palabras expresan. Como aludiendo a Horacio Quiroga, acá les dejo un ejemplo de uno de mis autores favoritos:
«Marina me dijo una vez que sólo recordamos lo que nunca sucedió. Pasaría una eternidad antes de que comprendiese aquellas palabras. Pero más vale que empiece por el principio, que en este caso es el final.» Marina, Carlos Ruiz Zafón.
No podía dejar por fuera los inicios peculiares y hasta únicos que muchas veces sueles ofrecernos los escritores de mi país (Venezuela), ya que al menos una gran parte de estos autores se caracterizan por la carga humorística de sus obras, les mostraré dos:
«Cuando el sabio señaló la luna, el idiota se quedó mirando el dedo del sabio, y vio que se trataba del índice.» Relatos de otro mundo, Gabriel Jiménez Emán.
—Este segundo ejemplo en particular, es de uno de mis libros favoritos—
«En la estación de Boro Hall, mientras esperaba el tren que me conduciría hasta donde iba a celebrarse el bonche, tuve harto tiempo de entretenerme pensando bolserías.
Es todo cuanto hago, pensar, además —claro está— de trabajar para cubrir mis gastos. Por supuesto que cuando en los bonches le preguntan a uno «¿Qué haces tú?», uno no puede ser tan pendejo como para ir a decir «Yo pienso». ¡Qué diablos! ¡Todo el mundo piensa! ¿No? SUM ERGO COGITO ¡Qué bella frase! Esto es lo bueno del latín, que aunque sea griego para mí puedo usarlo porque seguro que es chino para los demás y en cualquier caso, la belleza de las frases en latín se impone en Margarita Island INTELECTUS APRETATUS DISCURRIT. A menudo pienso en todas estas cosas y a menudo hallo respuestas, pero una cosa que siempre me deja en duda es preguntarme —como lo hago casi a diario— que para qué está uno en el mundo o si, por acaso, está en el mundo para algo. ¿Para pensar tal vez? Nooo... Pensar es lo que lo jode todo. Uno piensa en la felicidad y ya no puede ser feliz, piensa en el sexo y se vuelve impotente, no, no... Se vuelve uno metafísico y esto no puede ser. ¡Si uno es físico! No hay respuesta razonable.» El bonche, Renato Rodríguez.
Ya para finalizar este breve post, he dejado lo mejor para el final. A pesar de que aún no he leído esta obra, sí leí su comienzo y diría que es un favorito personal, ya que está cargado de una inusitada magia, mezclada por impresionante prosa filosófica y con una gran carga sentimental, que a través de cada palabra logra penetrar en los sentimientos mismos del lector y casi sentir que esa historia de alguna forma, es suya también... si no saben a qué me refiero, sean pues, ustedes mismos, partícipes de lo que digo:
«Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar afuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo en boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero de los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.» Moby Dick, Herman Melville.
Ahora díganme ustedes, cuáles son sus comienzos favoritos y si les ha gustado alguno de estos.
Si me lo colocas así, recién me doy cuenta que no he leído NADA, aún así me parece un Excelente artículo...
ResponderEliminarJajaja, gracias mamá, aunque me apena admitir que yo no he leído todos esos títulos que mencioné.
EliminarEsto fue sin duda algo bastante revelador e interesante.
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