jueves, 18 de julio de 2013

Ambidiestra nacional


     Hace aproximadamente dos meses, un profesor de la universidad en donde trabajo me presentó una oportunidad muy especial, la de publicar en un diario local -que no nombraré para no hacerle una inmerecida publicidad, por negativa que sea-, por supuesto acepté sin muchos miramientos, él por ser amigo del dueño del periódico podía interceder por mi para lograrlo sin mayores inconvenientes; se me solicitó entonces que visitara las oficinas de dicho periódico y que llevara tres artículos, para ser corregidos y publicados, a la vez que para ser entrevistado. Durante el tiempo que pasé haciendo los trámites de llevar los artículos y ponerme en contacto con la gente del periódico me mantuve callado, sin hacer mucha cháchara ni mucho alarde sobre el asunto, esperando a que mi primer artículo fuera publicado y allí celebrarlo a lo grande junto a mis amigos y mi familia. Pues, por supuesto, el logro y la felicidad más grandes para un escritor es su primera publicación.
     Pero ya saben lo que dicen, no todo es color de rosa, varias veces tuve que llamar al director del periódico para saber qué se había dicho y este, por supuesto, cuando lo llamaba a duras penas recordaba quién era yo, claro, no por eso dejaba de ser cordial conmigo, mientras que con el encargado de corrección y redacción era otro cuento, un tanto odioso y si el director muy poco me recordaba, este mucho menos; y era incluso peor, porque aún cuando llevé los artículos en físico para que le fueran entregados a él, este me pidió que se los enviara por correo porque no los recibió en físico. Lo cierto es que nunca llegué a entrevistarme cara a cara con ninguno de los dos. Pensé pues, que estaba incomodando mucho, así que me preferí no llamarlos por un buen rato. 
     Llegados a este punto mis ganas de publicar todavía eran mayores a mi orgullo, pero era evidente el desinterés que mostraron por mucha ayuda que tuviera de parte del profesor. Luego de una semana y algo sin llamarlos, decidí comunicarme con ellos para saber qué había sucedido con los artículos y pues, resultó que durante ese tiempo que estuve sin llamar supuestamente publicaron mis artículos, pregunté por las fechas, me pidieron que llamara un par de horas mas tarde para decírmelo, y eso hice, me dijeron que no tenían la fecha a la mano, que llamara al día siguiente; por supuesto, llamé y me dijeron que llamara más tarde. Así que no llamé más, simplemente. 
     Llega un momento en que simplemente uno hace como dice la canción Rey de la Vulgaridad del grupo de punk español, Fe de Ratas: ♪♫ estirar bien la mano y el dedo después...♪♫, y ya que estamos anarquistas y políticos, les dejo mi supuesta primera publicación, espero que les guste.



Dedicado con cariño a todos mis amigos y amigas
que de alguna u otra manera son fanáticos políticos.


Revolucionarios, socialistas y comunistas a la izquierda. Capitalistas e imperialistas a la derecha. Esto por mencionar las ideologías políticas más nombradas en Venezuela en los últimos tiempos. Un hecho bastante curioso es la constante clasificación de derecha e izquierda y el otorgar un lado a todos los contrastes políticos, no solo los de nuestra nación, sino también los del resto del mundo, separando todo simplemente en izquierda y derecha. Y la conciencia colectiva ha alcanzado un simplismo tal, que asume que si no eres de izquierda eres de derecha y viceversa, que si no eres derecho, eres zurdo, sin pensar que existen personajes ambidiestros. Olvidan que existen personas que van más allá del usar una mano o la otra, que hay quien escribe con la derecha, martilla con la izquierda y combina las dos manos para tocar la guitarra; por lo general este tipo de personas son definidas como indecisas o ninis y por supuesto de una manera muy despectiva, cuando en realidad una persona de estas más que indecisa, es versátil.
     Uno de los errores más grandes de nuestra sociedad es, por trillado que suene, colocar etiquetas a todo, esa constante clasificación, discriminación y separación de las personas por grupos, el querer trazar barreras y poner nombres a todas las acciones o posiciones del hombre; entonces ocurre que cuando el hombre rompe con estos paradigmas de mil ideales, agarra al toro por los cuernos y enfrenta a la realidad, se da cuenta que la meta de las ideologías no son más que ufanas utopías que solo son posibles en un régimen totalitario y no en un verdadero estado libre, porque inclusive, la libertad ideológica, de cierta manera es una utopía ante el mundo real.
     Para lo único que sirven las ideologías, son para tener aproximadamente una idea de qué es lo que se quiere y hacia donde se quiere llegar, pero por lo general, un sistema ideológico se salta una parte fundamental del desarrollo, crecimiento y evolución del ser humano, y es, que cada hombre es único, cada mente es un mundo, cada vida es un universo, por lo tanto, no se puede esperar a que el ideal que viene de una persona logre traspasar a la individualidad total de otro ser, y mucho menos que logre traspasar al imaginario colectivo de un pueblo entero; muchos logran adaptarse, y eso es todo, pero adaptarse a un modelo idealista o a un sistema no es, ni por asomo, sinónimo de encarnar al ideal que sostiene al sistema.
     En resumen, como personas y como pueblo (incluyendo a los políticos, por supuesto), debemos aguzar nuestros sentidos y dejar de ver la realidad como izquierda y derecha, como negro y blanco, hay que abrir los ojos y la mente para darnos cuenta que existe una infinita gama de colores en el mundo, y ni hablar de cuántos colores que ni siquiera son perceptibles al ojo humano, pero que de igual forma están allí y coexisten entre las eternas combinaciones del tricolor.

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