domingo, 24 de marzo de 2013

El taxista


     El taxista, un personaje mítico de las calles de nuestras ciudades y de las ciudades del mundo, no hay país, estado, ciudad, pueblo, donde no estén presentes estos servidores públicos, muchas veces arriesgando su vida montando a personas de intensiones sospechosas, llevando a muchas personas hasta los más recónditos confines de las ciudades, exponiéndose.

     L
os hay de todo tipo: taxistas de vocación, taxistas por necesidad, taxistas ingenieros, taxistas abogados, taxistas psicólogos, etcétera. Mucha gente se ha montado en un taxi con terribles depresiones y cuando llegan al destino bajan con una sesión de autoestima más completa que la de un psicólogo, con mejores consejos para procedimientos jurídicos de cualquier índole basadas en vivencias de familiares, compadres y cuñados de este singular personaje, ni hablar de los expertos en política que te dan una cátedra de economía nacional en el camino; muchas veces te haces amigo de uno al que le quitas el número de celular y llamas a cualquier hora en cualquier momento, te va a buscar en donde sea que estés, y te va a dejar a buen precio la carrera; tan trascendentales son que hasta Ricardo Arjona le hizo una canción a uno.

     Sin embargo, así como te consigues el taxista pana que por no dejarte limpio te descuenta 10 bs, el taxista pana que no le importa esperar treinta minutos más mientras tu novia se maquilla, el taxista pana que pone la música que te gusta, así como existen ellos, existen los taxistas come-mierda. He aquí mi testimonio.



     Anoche como a la 1 de la madrugada, al salir del tributo a Metallica en Hard Core Bar, me dispongo a cazar algún taxista noctámbulo con Carlos, Jesús (su hermano) y Jorge para regresar a nuestros hogares en "el tigrito" (la ciudad donde vivo); Jorge había decidido quedarse a dormir en mi casa. Cuando logramos detener uno, Carlos se encargó de averiguar cuánto nos cobraría el taxi por hacernos la carrera a dos puntos, se acordó un precio y nos montamos: Carlos adelante, Jesús, Jorge y yo atrás, (yo a la izquierda, Jesús en el medio y Jorge a la derecha).

     Cuando arranca el taxista, sube volumen al reproductor y tenía puesto un reggaeton del más deleznable del mercado, (bueno, y es que ¿cuál reggaeton no es despreciable?, ciertamente), por lo que pienso, «bueno, él no me está dando la cola, por lo tanto como cliente tengo, hasta cierto punto, derecho de pedirle que le baje a la música o incluso que la cambie, además, no sería nada que no haya hecho antes», por lo que inmediatamente le digo:

-Hermano, ¿le puede bajar un poco a la música?, por favor.

     Este de muy mala gana le bajó... pero le bajó una pendejada, casi nada; mi cara fue lo más parecido al meme de "Are you kidding me?", y digo casi a mis adentros pero en voz alta:

-Nojoda, ¿no será mucho?

     Lo que vi en seguida fue a Jesús, Carlos y Jorge reírse de la situación, y admito que no dejaba de resultar cómica. Pero inmediatamente el taxista viene y me dice:

-¿Qué pasó chamo?, ¿no te gusta?
-No -respondí con sequedad.
-Ahí en ese local -como hablándonos a todos- se meten y comienzan tocar esa música de loco, que pegan gritos y se vuelven locos, yo el otro día le dije a Guillermo, -refiriéndose al dueño del local-, que qué bolas cómo vino a abrir ese local para puro poner música de loco.
-Y qué me importa, a mi no me gusta mamarrachada esa que tienes puesta -le dije inmediatamente.

     El hombre se quedó callado, y los muchachos reían, noté que cada vez que caíamos en algún bache o hueco del camino el disco se pegaba, interrumpiendo de esta manera la fluidez de la música, aproveché la oportunidad en una de esas y dije:

-Coño, así es que es fino, pilla -caímos en otro bache- cada vez que caemos en un hueco el disco se pega, ese momento en el que no se escucha nada es lo máximo.

     El taxista subió el volumen a la música, supongo que haciéndome notar que no le importaba una mierda lo que yo dijera; yo en lo personal (tenía ganas) le habría dicho que se detuviera y me dejara donde estábamos, pero sabía que los muchachos no me secundarían para esto, y de seguro habría sido un trofeo para el taxista, el "haber hecho arrechar a un rockero" y disfrutar luego contándoselo a sus colegas y amigos en alguna reunión de mala muerte o algo por el estilo; decidí entonces ser más pila y aprovecharme de la situación, me mantuve callado todo el trayecto; Carlos de momento conversaba con el taxista haciendo algún comentario de cualquier cosa que veían en la vía.

     Cuando entramos a "el tigrito", antes de llegar al semáforo de Placa Centro, (cabe destacar que el taxista iba a no menos de 110 - 120 kmph), decide el hombre llegar hasta el destino más lejano primero (mi casa, que queda por detrás de un automercado llamado Asia Oriental), es bien sabido por todos los que habitan y hacen vida en esta ciudad, que un gran pedazo de la calle de la avenida está roto, porque se está colocando desagüe o algo así, por lo que un buen tramo es preferible tomarlo por vías alternas, y Carlos se lo dice:

-Anigo, métase por la otra calle para llegar atrás de Asia Oriental, que ese pedazo de ahí alante está malo.
-Ok, ok, si va

     Grata fue mi sorpresa al ver que este trabajador de la carretera, que se supone que conoce de los defectos de la avenida, más que cualquier otro conductor particular, en vez de cruzar para la otra calle como dijo Carlos, para evitar la calle rota, sigue de largo y se mete por todo el tramo malo de la avenida, como si desconociera y no supiera que eso estaba allí, fue mi oportunidad de oro cuando escuché lo que dijo mientras frenaba de golpe:

-Mierda... -dijo-, coño de la madre.
-Ese es el reggaeton -dije serio, pero en obvia burla.

     Jorge iba riéndose, no pudo aguantar la risa. Cruzó entonces el taxista para la otra calle, y noté entonces que comenzó a manejar como con más cuidado, evitando huecos, baches, pasando suave por los policías acostados, supongo que en actitud de no darme chance de decir más nada. Carlos le dio las indicaciones de adónde cruzar y donde dejarnos para llegar a mi casa, al llegar se baja Jorge y Jesús, cuando me voy a bajar le digo a Carlos:

-Bueno hermano, cuídese estamos hablando -le doy la mano- ya sabes viejo, no escuches reggaeton, mira que esa vaina estupidiza a la gente.

     Inmediatamente me bajé, vi a Jorge cagado de la risa, igual que Jesús y el mismo Carlos, luego de que se monta Jesús el taxista arrancó, dio una vuelta en "U" para salir de la calle (porque es ciega), noté que estaba mirándome, así que me limité a ♪♫ estirar bien la mano y el dedo después... ♫♪ como dice la canción "El Rey de la Vulgaridad" de la banda española Fe de Ratas.

2 comentarios:

  1. Grande leo. A ti siempre te suceden unas cosas jajajaja..

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  2. Me siento identificada con esta anécdota porque sobre todo aquí en Venezuela tenemos esos taxistas tan peculiares. Muy valiente tu consejo para él al final (el reggaeton estupidiza a la gente) ya que quizás (un quizás poco probable) lo hayas puesto a pensar xD.

    !Saludos!

    Han.

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