Hoy tuve una experiencia bastante engorrosa en la universidad con una compañera de clases bastante mayor, una mujer de como unos 50 años aproximadamente, pues, me dijo que soy un inmaduro, y eso me inspiró primero para escribir esta entrada bastante breve, y también para ser un inmaduro y darle motivos reales para afirmar que soy un inmaduro.
Pues, resulta ser que la profesora con la que veo la materia en la que dicha compañera ve clases conmigo, suele pedirnos que llevemos lecturas de reflexión para compartir con la clase, y yo como no soy impulsivo y odioso con quien se mete conmigo, llevaré esta lectura.
Si ocurre algo interesante, les prometo escribir una entrada al respecto.
☺
Haré primero una afirmación subjetiva y
filosófica. La madurez no existe. Sé que suena un poco precipitado y hasta
ambicioso llegar a una conclusión de este tipo, sin embargo, no hay
conclusiones precipitadas en la filosofía. La real academia española da tres
conceptos sobre lo que es la madurez, el primero dice “Sazón de los frutos.”,
el segundo dice “Buen juicio o prudencia, sensatez.”, el tercero dice “Edad de
la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez.”.
Sin embargo, en el argot popular, la madurez adquiere matices de
responsabilidad, escrúpulos, discreción y pertinencia. Pero aún, y muy a pesar
de todo esto, muchas personas confunden la madurez con la inteligencia y la
seriedad.
Sin embargo, la madurez, no deja de ser
algo etéreo y subjetivo, y podríamos comprobarlo con un ejemplo basado en
hechos reales; un joven de veintidós años, bastante extrovertido, alegre y
jovial, se encuentra en una cantina comprando café, de pronto una compañera de
clases se le acerca y sostienen un diálogo bastante breve que es el siguiente:
-¿Qué
edad tienes tú? – le pregunta ella.
-¿Por
qué? ¿Cuántos me calculas? – preguntó él.
-Como
unos catorce.
-Ay,
gracias chica, ¿tan joven me veo? – pregunta él a modo de broma.
-No,
por la mentalidad – dijo ella mientras señalaba su cabeza con el dedo índice y
agregó de manera despectiva, impertinente y hasta irrespetuosa – eres muy
inmaduro.
-¡Bah!,
la madurez no existe – refutó él.
-Si
existe – declaró ella.
-Okey
– respondió el chico para evitar una discusión inoportuna, mientras se giraba
para tomar el café que había pedido y daba las gracias a la señora que atendía
la cantina, luego de agarrar el café se dio media vuelta y se regresó al salón
de clases.
Quizá soy un inmaduro por escribir
esto, por dejarme llevar por la pasión y desenfreno, quizá simplemente soy un
inmaduro, lo cierto es que me trae sin cuidado, la vida es una sola, y es lo
suficientemente larga como para crecer, reflexionar y realizarse, pero también
es a su vez, lo suficientemente corta como para perderla buscando el punto
previo a su final, y es que como dicen por allí, “para ser sabio y maduro,
primero hay que ser tonto e inmaduro”.
Los niños por ejemplo son seres
inmaduros, sin embargo (y a pesar de que no soy cristiano), en un pasaje
bíblico Cristo los coloca en lo alto afirmando que de ellos es el reino de los
cielos; y es que los niños son felices aún cuando viven en las condiciones más
precarias, porque aún tienen la capacidad de ver luz entre la oscuridad, pueden
soñar, tienen ilusiones, tienen sueños, y no pequeños sueños, sino sueños
grandes, y más grande aún, porque dentro de su inocencia y su inmadurez tienen
la convicción de que sus sueños se pueden alcanzar.
Y es que en la gran sociedad griega,
¿Cuántos no llegaron fichar de inmaduro a Sócrates por utilizar la mayéutica?, ¿Cuántos
no llegaron a llamar inmaduro a Thomas Alba Edison mientras intentaba inventar
algo que cambiaría el mundo?, ¿Cuántos no llegaron a decirle inmaduro a
Jonathan Swift, Lewis Carrol, los hermanos Grimm por escribir cuentos de
literatura infantil?, ¿Cuántos no llegaron llamar inmaduro a Walt Disney
mientras creaba una de las franquicias de entretenimiento infantil más grandes
del mundo?, y ni hablar de la cantidad de personas a las que hoy en día les
dicen inmaduros solo por perseguir sus sueños, ni hablar de la cantidad de
personas a las que les dicen inmaduros porque son felices y no se dejan
amedrentar, ni agobiar por sus problemas, ni hablar mucho menos de la cantidad
de personas presumen de ser maduros y carecen de sueños, ni hablar de la
cantidad de personas que presumen de ser maduros pero que carecen de humildad.
Pues, de nada serviría ser maduro (o
creerse maduro), si eso implica ser soberbio y sentirse con la autoridad de
señalar a otra persona por ser inmadura, y en el más chistoso de los casos,
actuar como un niño malcriado. Pero como dice el refrán: “Dime de que alardeas
y te diré de que careces”.

Excelente.
ResponderEliminarFeno chamo
ResponderEliminarInteresante. Tuvo su toque de humor, me gustó!
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