jueves, 2 de agosto de 2012

No es fácil ser maduro



Hoy tuve una experiencia bastante engorrosa en la universidad con una compañera de clases bastante mayor, una mujer de como unos 50 años aproximadamente, pues, me dijo que soy un inmaduro, y eso me inspiró primero para escribir esta entrada bastante breve, y también para ser un inmaduro y darle motivos reales para afirmar que soy un inmaduro.

Pues, resulta ser que la profesora con la que veo la materia en la que dicha compañera ve clases conmigo, suele pedirnos que llevemos lecturas de reflexión para compartir con la clase, y yo como no soy impulsivo y odioso con quien se mete conmigo, llevaré esta lectura. 

Si ocurre algo interesante, les prometo escribir una entrada al respecto.


Haré primero una afirmación subjetiva y filosófica. La madurez no existe. Sé que suena un poco precipitado y hasta ambicioso llegar a una conclusión de este tipo, sin embargo, no hay conclusiones precipitadas en la filosofía. La real academia española da tres conceptos sobre lo que es la madurez, el primero dice “Sazón de los frutos.”, el segundo dice “Buen juicio o prudencia, sensatez.”, el tercero dice “Edad de la persona que ha alcanzado su plenitud vital y aún no ha llegado a la vejez.”. Sin embargo, en el argot popular, la madurez adquiere matices de responsabilidad, escrúpulos, discreción y pertinencia. Pero aún, y muy a pesar de todo esto, muchas personas confunden la madurez con la inteligencia y la seriedad.

Sin embargo, la madurez, no deja de ser algo etéreo y subjetivo, y podríamos comprobarlo con un ejemplo basado en hechos reales; un joven de veintidós años, bastante extrovertido, alegre y jovial, se encuentra en una cantina comprando café, de pronto una compañera de clases se le acerca y sostienen un diálogo bastante breve que es el siguiente:

-¿Qué edad tienes tú? – le pregunta ella.
-¿Por qué? ¿Cuántos me calculas? – preguntó él.
-Como unos catorce.
-Ay, gracias chica, ¿tan joven me veo? – pregunta él a modo de broma.
-No, por la mentalidad – dijo ella mientras señalaba su cabeza con el dedo índice y agregó de manera despectiva, impertinente y hasta irrespetuosa – eres muy inmaduro.
-¡Bah!, la madurez no existe – refutó él.
-Si existe – declaró ella.
-Okey – respondió el chico para evitar una discusión inoportuna, mientras se giraba para tomar el café que había pedido y daba las gracias a la señora que atendía la cantina, luego de agarrar el café se dio media vuelta y se regresó al salón de clases.

            Quizá soy un inmaduro por escribir esto, por dejarme llevar por la pasión y desenfreno, quizá simplemente soy un inmaduro, lo cierto es que me trae sin cuidado, la vida es una sola, y es lo suficientemente larga como para crecer, reflexionar y realizarse, pero también es a su vez, lo suficientemente corta como para perderla buscando el punto previo a su final, y es que como dicen por allí, “para ser sabio y maduro, primero hay que ser tonto e inmaduro”.

            Los niños por ejemplo son seres inmaduros, sin embargo (y a pesar de que no soy cristiano), en un pasaje bíblico Cristo los coloca en lo alto afirmando que de ellos es el reino de los cielos; y es que los niños son felices aún cuando viven en las condiciones más precarias, porque aún tienen la capacidad de ver luz entre la oscuridad, pueden soñar, tienen ilusiones, tienen sueños, y no pequeños sueños, sino sueños grandes, y más grande aún, porque dentro de su inocencia y su inmadurez tienen la convicción de que sus sueños se pueden alcanzar.

            Y es que en la gran sociedad griega, ¿Cuántos no llegaron fichar de inmaduro a Sócrates por utilizar la mayéutica?, ¿Cuántos no llegaron a llamar inmaduro a Thomas Alba Edison mientras intentaba inventar algo que cambiaría el mundo?, ¿Cuántos no llegaron a decirle inmaduro a Jonathan Swift, Lewis Carrol, los hermanos Grimm por escribir cuentos de literatura infantil?, ¿Cuántos no llegaron llamar inmaduro a Walt Disney mientras creaba una de las franquicias de entretenimiento infantil más grandes del mundo?, y ni hablar de la cantidad de personas a las que hoy en día les dicen inmaduros solo por perseguir sus sueños, ni hablar de la cantidad de personas a las que les dicen inmaduros porque son felices y no se dejan amedrentar, ni agobiar por sus problemas, ni hablar mucho menos de la cantidad de personas presumen de ser maduros y carecen de sueños, ni hablar de la cantidad de personas que presumen de ser maduros pero que carecen de humildad.

            Pues, de nada serviría ser maduro (o creerse maduro), si eso implica ser soberbio y sentirse con la autoridad de señalar a otra persona por ser inmadura, y en el más chistoso de los casos, actuar como un niño malcriado. Pero como dice el refrán: “Dime de que alardeas y te diré de que careces”.

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